Cita de un libro de Fernando Ortiz

“A Freud, ese vienés del que Harold Bloom dijo que era un terapeuta poco serio y un escritor sapiencial de la estirpe de Montaigne, cuando estaba de gira por los Estados Unidos se le acercó un intrépido periodista y le hizo una pregunta que solamente los intrépidos periodistas son capaces de hacer: «Defíname en una frase qué es un hombre mentalmente sano». A punto estuvo Freud de no contestar, pero contestó. Contestó como un sabio: «Un hombre mentalmente sano es aquel que ama y trabaja».”

No recuerdo qué libro era. Hice la foto porque me gustó el párrafo. Lo he estado rumiando un tiempo y lo coloco aquí.

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De dónde vengo

Un reloj

El reloj de la fotografía marca las nueve menos veinte del día 20 (de marzo). La foto es del día 7 de abril. Guardé el reloj en una caja entonces hacía diecisiete días con la intención de venderlo, pero lo he vuelto a sacar y ahora está de nuevo en mi muñeca.

reloj

Algo parecido me pasó con el libro sobre el que está colocado. Estriando cosas para vender y regalar apareció La Cartuja de Parma. No sabía en qué caja ponerlo así que lo puse encima de la mesita de noche. Lo he releído y me ha regalado unos ratos inolvidables. En la primeras páginas he escrito: «releído en marzo-abril de 2016». Pero unos días después he tenido que volver y ponerle unos signos de interrogación a esa palabra: «¿releído?». He disfrutado tanto que ya dudo de si es la segunda lectura o lo he leído por primera vez. Desde luego, es seguro que no soy el mismo que lo leyó (si es que lo leí) anteriormente.

Así que estas dos cosas me han rebotado. Han regresado a mí por caminos distintos. No han querido irse y/o yo no he querido que se vayan. La verdad es que el reloj no me es tan necesario. Tengo uno digital que es mucho más preciso y más endeble, no pasaría nada si se estropease o lo perdiese… pero este lleva ya tres años conmigo, tiene golpes porque no soy nada cuidadoso (sin duda por eso no se ha vendido en este tiempo). Si se rompe definitivamente o se pierde no me tiraré de los pelos, no es por lo caro o barato que me costara en su día el apego que siento por este objeto, es que quizás no es el momento de deshacerme de él.

Estaba equivocado

Este blog no va de consignar logros. Va más bien de reflexionar sobre un proceso, un camino. Tampoco tiene un destino concreto. Creo que queda claro que no termino de comulgar con el término minimalismo, pero sí con lo que está en el fondo, con la parte mejor del buen sentido de la palabra minimalismo. Eso me ha hecho pensar en cuáles han sido los desencadenantes de esto. Por qué ahora. Pensaba que lo tenía claro. Tiene que ver con una pequeña crisis existencial que he tenido al cumplir los cuarenta años. Esa crisis se ha unido a un interés por temas de productividad. Leer sobre productividad me ha ido trayendo (atrayendo) hasta aquí como a mucha gente antes. La cuestión de enfocar, distinguir lo urgente de lo importante, va haciendo que poco a poco implementes cambios que afectan no ya tanto a lo laboral como a lo personal… pero eso es lo que yo pensaba. He vuelto atrás, he visualizado otra vez esa crisis de los cuarenta y he visto que de ahí; de ese momento de hastío que puede sentir cualquier persona de mediana edad con familia, trabajo, una rutina en la que de pronto te das cuenta que no es sostenible soportar toda la vida el papel de mero trabajador/consumidor que pretende que asumas esta sociedad; de ahí digo, viene todo lo que me está pasando. No es un problema de productividad, es un problema de libertad. Sé que cogí las riendas de mi propia vida cuando me propuse adelgazar. Ya lo he dicho, llegué a pesar ciento cuarenta y cinco kilos. En seis años he perdido cuarenta. No en seis meses. Seis años desde que nació mi hija mayor. Han volado estos seis años. Lo más difícil ha sido al final. Mi cuerpo pretendía que con ciento veinte ya estaba bien, pero poco a poco he tenido que forzarlo a hacer lo que no quería, o más bien lo que no sabía que quería.  Tener una relación más amable con mi cuerpo es lo que realmente me ha abierto los ojos respecto a todo lo demás.

Me gusta mi reloj y estar equivocado

Este minimalismo tiene más que ver con conservar el reloj que con venderlo. Tiene más que ver con perder peso en seis años (y pensar en lo rápido que pasan seis años) que con la productividad. De eso va. De huir de las explicaciones sencillas precisamente porque busco lo simple. Como en el aforismo de José Mateos: «Para crecer más en lo profundo siembro lo breve». Poco a poco me voy aclarando. Empecé por el armario que en mi caso es lo fácil. He ido despejando este escritorio, cajones, estanterías… He ido vendiendo y dando libros. Indudablemente leo más y mejor. Estoy más tranquilo. No tenemos la mayoría de las cosas porque las necesitemos. Las tenemos por el iracional placer momentáneo que sentimos al adquirirlas. Hay que tener cuidado con lo que creemos desear pero sobre todo, y para empezar, hay que tener paciencia… nuestro cerebro, como nuestro cuerpo, no ha evolucionado apenas desde hace miles de años, cuando no teníamos tanto, cuando apenas teníamos nada. El nivel de satisfacción, de bienestar, que no ofrece el mundo contemporáneo es inconmensurable. Si tratamos de seguir el ritmo siempre estaremos frustrados. No me quejo, yo soy hijo orgulloso de este tiempo para lo bueno y para lo malo. Pero al menos trataré de no dejarme llevar por la corriente de la satisfacción fácil, sencilla, vana…

Batiburrillo

La satisfacción de tener cosas no debe ser  sustituida por la satisfacción de no tenerlas. Tan vacía es una cosa como la otra.

El minimalismo es un medio para que el centro de tu vida esté en las cosas importantes.

El minimalismo debe quedar, entonces, muy en segundo plano y no ser protagonista.

¿De qué pueden hablar el minimalista que se deshace de todo lo que tiene por saturación y el minimalista que asume no tener aquello que no puede conseguir?

Simplifica tu vida, pero no tanto como para que seas una “o” hecha con un canuto.

No presumas de simple.

Se puede tener pocas cosas en casa y muchas bullendo en tu interior.

Toda cosa de la que nos desprendemos deja un vacío. Hay que darse un momento para disfrutarlo.

No te deshagas de todo de golpe, disfruta el proceso.

Vender da seguridad, tirar da poder, pero dar da más.

Acércate a las cosas que tienes, si no te dicen nada, tíralas.

Date tiempo para preguntarte sinceramente: «¿Qué tengo yo?»

¿Y qué te gustaría tener?

El minimalismo es la manera en la que los desordenados ponen orden.

Para no dar importancia a las cosas empieza por no dártela demasiado a ti mismo.

Si alguna vez te pones a escribir aforismos y te sientes un poco ridículo en plan maestro zen de pacotilla, deja inmediatamente de escribir.

 

 

Minimalismo sostenible

Quiero aprovechar la Semana Santa para seguir haciendo limpieza y deshaciéndome de cosas. Algunas habrá que vender, digo yo, aunque me cueste trabajo no ya desprenderme de ellas, sino darme cuenta de que ya no tienen el valor que yo llegase a darles en su día.  Veo que esto es un proceso lento y no sé cuándo estaré libre de dejarme llevar por esos impulsos irracionales de comprar cosas que no me son necesarias. Como no tengo ninguna necesidad de demostrar nada a nadie os diré que no es fácil, que no me siento mejor por el hecho de no comprar. Incluso diré que la sensación más fuerte en estos días en que he estado vaciando poco a poco de cosas mi espacio vital es precisamente de… vacío. Siento que el hecho de despojarte de todas las capas de cosas que pensabas que podían identificarte hacen que te vayas desnudando y te encuentres (para bien y para mal) contigo. Y estar solo uno consigo mismo puede ser muy bueno si uno no tiene cuentas pendientes, si está equilibrado, y muy malo si uno no se gusta… pero al mismo tiempo qué oportunidad poder arreglar esas cuentas pendientes sin cosas que se ponga uno para estorbar mirarse clara, firme y fíjamente dentro.

Por eso pienso que esto ha llegado cuando tiene que llegar, y que se trata de una decisión individual que no puedo ni quiero imponer a mi familia. Ayer estaba jugando con mis hijas en una habitación que tienen infestada de trastos. Juguetes de todos tipos y colores, tonterías compradas en los chinos que casi son de usar y tirar… me aturdía la cantidad de cosas que había en la habitación. Por un momento pensé que podíamos plantearles tirar o donar todo, quedarnos con los tres o cuatro juguetes que más les gusten. Pero pronto se quitó la idea de la cabeza. A final de año siempre hacemos una donación de juguetes en buen estado que ya no usan, una limpieza previa a la nueva incorporación de juguetes de reyes. Creo que lo suyo es que sean ellas mismas las que lleguen, si quieren, a esta forma de vida. Y no lo digo desde una sensación de haber conseguido nada. Yo estoy apenas empezando en esto. Lo digo adaptándolo al modelo de enseñanza que yo mismo me impongo con ellas. Espero que lean porque yo leo, espero que coman sano porque vean que yo como sano, espero que lleguen al minimalismo porque vean que tal vez algún día (ay) yo he conseguido implementar de una manera natural esta forma de entender la vida.

El minimalismo es sostenible si no es una ideología ni una religión. Si no se hace proselitismo, si se le puede quitar toda la solemnidad posible despojándolo también de cualquier exceso de trascendentalidad. Seamos minimalistas con el concepto de minimalismo. Lo más importante de todo tal vez sea quitarle importancia a todo.

Para leer más, compra menos libros.

Advertencia nº 1. Esto va a ser largo.

Advertencia nº2. Escribo esta entrada en uno de los momentos más tumultuosos, agobiantes, estresantes de los últimos años… Una mala época de tensiones en el trabajo que me trae un poco de cabeza, y que ha conseguido incluso que me vea envuelto en una discusión (yo, que he huido siempre de las discusiones como de la peste bubónica). Como sé que eso no es lo que soy, escribo aquí lo que quiero ser, lo que creo que realmente soy, lo que me gusta. Si consigo que ni un ápice de mala leche contamine este escrito, lo habré conseguido.

Empiezo:

Anoche, ya en la cama, me acordé de un aforismo de Juan Ramón Jiménez. Bueno, como siempre, no recordé el aforismo sino la idea general, así que es una cita de memoria: «Para leer más, compra menos libros». Lo tuiteé (o como se escriba) con idea de no olvidarlo y de repensarlo más adelante. Por la mañana encontré que Marc Martí me pedía que extendiera esa idea, lo cual me tomo como una invitación a ser feliz (¡gracias Marc!) buscando entre los libros y mi memoria otros ejemplos que refrenden esa aparentemente paradójica afirmación.

Durante mucho tiempo he pensado que lo que voy a dejar en herencia a mis hijas es mi biblioteca. Digo biblioteca, y pienso en un viejo solterón rico viviendo en un palacete rodeado de libros antiguos encuadernados en piel… y no. Mi biblioteca, ahora mismo y después de varios expurgos que dejan en mantilla a los del Cura y el Barbero del capítulo de don Quijote, tiene varios cientos de libros. De ellos, muchos de bolsillo, algunos sin abrir, alguno caro, alguno antiguo, alguno roto e insustituible… Durante mucho tiempo he comprado más de lo que podía leer. Ahora releo con casi tanta felicidad como leo cosas nuevas que caen en mis manos. De lo nuevo recelo cada vez más porque no me parece para nada un valor en sí mismo. Como decía Juan de Mairena «En el arte, como en la vida, los novedosos apedrean a los originales». No tengo ninguna prisa en leer «la última novela de…», no sigo a ningún autor vivo. Quizás me interesa algún poeta y trato de conseguir lo que haya sacado pero no tengo tampoco ninguna prisa especial. Si pienso en un momento bonito del año pasado, casi me dan ganas de llorar recordándome leyendo las últimas páginas de Anna Karenina (yo no sabía cómo terminaba) subido en el tren que me llevaba al trabajo. Pocos, muy pocos libros, me son indispensables, pero necesito esos libros casi como necesito el aire. Uno de ellos es la Epístola Moral a Fabio. Sé que si tuviese la paciencia de aprendérmela de memoria (me sé trozos sueltos) podría llevarla siempre conmigo. Me emociona siempre recordar estos versos:

Un ángulo me basta entre mis lares,
Un libro, un amigo, un sueño breve,
Que no perturben deudas ni pesares. 

¿Es posible más belleza y más enseñanza de la vida en tres versos? Un ángulo me basta entre mis lares. Una pequeña habitación, un rincón en esa habitación donde me encuentre a gusto. Un libro, ¡Un libro! ¿A qué más? El libro que tengas en las manos. Un amigo, y un sueño breve,/ que no perturben deudas ni pesares. Dios, esto es precioso. Un sueño breve, ese sueño veraniego de las doce o la una, antes del almuerzo, que dejas que suceda y que da tanto gustito… ese sueño que nada perturba… ¡es la felicidad misma!… recapitulemos esta receta de felicidad en tres endecasílabos: un sitio para ti, un libro, un amigo, y ese sueño breve imperturbable. Ya no quiero dejar a mis hijas una biblioteca de herencia. Yo sólo quiero dejar en herencia a mis hijas estos tres versos. Son tres versos que, sí, una vez leí, y que otras muchas releí. Y que he leído y releído tantas veces que ya son parte de mí mismo. Son versos que podría haber escrito yo. Son versos que van conmigo, que me pertenecen, que celebran lo que me gustaría que estuviese en lo más profundo de mí mismo. Me definen.

Ahora viene la paradoja (¡cómo me gustan las paradojas!). Cuando murió Umberto Eco alguien me mandó este vídeo.

Supongo que esto es a lo que yo he aspirado alguna vez, y no niego que me gusta mucho ese viaje que el hombre emprende por los pasillos de su casa atestados de libros. Me gusta ver libros, me gustan las bibliotecas, me gusta poder hacerme una idea de cómo es una persona por los libros que posee, por los que tiene más cerca de su cama, de su mesa de trabajo… Pero estoy a prendiendo a relacionarme de otra manera con ellos y eso es lo que creo que el aforismo de Juan Ramón resume tan bien. Además de los tres versos de la Epístola Moral está el conocido soneto de Quevedo y el primer cuarteto inolvidable:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Qué bonita es esa imagen. Pocos, pero doctos libros juntos. Es una contraposición perfecta al vídeo de Eco. En Torre de Juan Abad escribió Quevedo esos versos, desterrado, alejado de intrigas y maledicencias de la Corte, pero también seguramente de distracciones, de otras lecturas posibles, de amistades. A pesar de todo, el poema destila un estoicismo y una dignidad envidiables. Esos pocos libros son un consuelo:

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Uno de mis propósitos de este año es el de leer mejor. Poder leer con la atención con la que leía antes. Esto es innegablemente un mal de nuestro tiempo, no sólo me pasa a mí. Hay un problema grave con la atención. El privilegio que nos ofrece internet de tener todo al alcance de la mano es también una maldición. Estás leyendo una novela, aparece un lugar o un personaje histórico, y siempre tienes el amago de “salirte” a buscarlo a un ordenador, al móvil… alguna vez un libro te lleva a otro, o, peor, se te mete en la cabeza alguna tarea que tienes que hacer, algo que hay que arreglar… tonterías que no te dejan. Hay que conquistar espacios y tiempo para leer. Cada vez se complica más. En el tren, ya cuesta ver a gente leyendo que no sea su pantalla del móvil. Yo mismo me sorprendo leyendo tonterías en el móvil de vez en cuando y malgastando un tiempo que podría dedicar a leer algo más aprovechable. Algunas veces mi mujer me dice: “Tú al menos tienes tiempo para leer”. Y yo siempre pienso que ese tiempo, unido al que innegociablemente dedico a la familia, es mi verdadero sueldo.

Por supuesto no he echado cuentas, pero me imagino que en los últimos años compraría tres o cuatro libros cada semana de media. Si hacía algún viaje a Madrid podía perfectamente traerme veinte o veinticinco libros en la maleta entre visitas a librerías, el Rastro y la Cuesta de Moyano… Ahora debo estar por los uno o dos libros al mes. Digamos que me he desatascado. Los libros que leo, los que releo, los estoy paladeando mejor. Leo más y leo mucho más tranquilo teniendo menos libros. Después de haber llevado algunos cientos de ejemplares a la librería de mi amigo empiezo a ver claros en los estantes, y a nivel mental eso también está jugando a mi favor. Empezaba a agobiarme tener varias filas de libros o sencillamente tener que hacer pilas poniendo uno encima de otro. Al seleccionarlos para darlos he tenido que hacer una especie de diálogo con cada uno de ellos. Algo así como un: «¿Tú qué haces aquí todavía?» «¿Qué crees que puedes darme a mí o a mi familia estando ahí años y años?». Muchos no han sabido contestar y se han ido a la librería de viejo… otros me han dicho: «Es que subrayaste en mí un párrafo que pensaste que podría servirte un día…» y se han ganado un tiempo más de estancia… otros me dicen el sitio donde lo compré, o dónde lo leí… y se quedan también.

En fin, que a eso me refería con esa cita rescatada de la memoria (si es que es de verdad de Juan Ramón). Espero que esto le interese a alguien. Me gustaría tener más capacidad, o más tiempo, y encontrar en la literatura o en la filosofía más ejemplos que refrenden esta idea. Estoy seguro de que los hay pero uno da lo que da. Por mi parte, no podéis imaginaros lo que me ha consolado escribir esto hoy. Me siento invencible. Muchas gracias por leer.

 

Naturalmente

Lo que me sale naturalmente es tener muchas cosas. Acumular libros y objetos sobre la mesa del ordenador, la mesita de noche, una silla… comprar cualquier tontería que me proporciona esos minutos (o segundos) de placer. Sentirme reflejado en esas cosas, aunque sé de sobra que yo no soy las cosas que tengo o que no tengo.

Lo que me sale naturalmente es comer mal, a deshoras, picar entre comidas. Comer chocolate, queso, embutidos, chucherías, pasta, pan… eso es lo que me llevó a estar gordo, mal de salud. Pero de nuevo había un placer momentáneo que era el que buscaba.

Lo que me sale naturalmente es no moverme. Llegar del trabajo y tirarme en el sofá. Tontear en el ordenador o quedarme leyendo toda la tarde. Viéndolo con distancia sé exactamente el tipo de placer que eso da. Y sé también que es un placer breve porque cuando estás demasiado tiempo tirado sin hacer nada te termina doliendo todo y te sientes fatal.

No me engaño a mí mismo y no trato de engañar a nadie. No soy ni seré nunca un minimalista porque mi naturaleza está en las antípodas del minimalismo. Mi tendencia natural es completamente la contraria de la que estoy tratando de implementar en mi vida. Mi parte irracional, más sentimental, trata de hacer  que vuelva a los viejos hábitos del placer momentáneo, cuya resaca siempre juega en mi contra haciéndome sentir asquerosamente mal conmigo mismo. Este camino que he emprendido, minimalista o como se quiera llamar, trata de reforzar mi parte racional. El universo tiende a la desorganización y a la entropía. Vivir es organizar el caos, no dejarte llevar por tus impulsos sino controlarlos. Me gusta la poesía porque es el arte que a mi modo de ver se adapta más a esa organización del caos que es la propia naturaleza. De todas las palabras posibles, escoge las que dispuestas de determinada manera dan un sentido al desorden natural. En esta etapa, en medio del camino de mi vida, estoy tratando de establecer una serie de reglas que me centren, que me aten a lo racional, que den sentido a cada elección. La tesis del eterno retorno de Nietszche es eso mismo, se trata de una regla ética por la cual debes dirigir tu vida como si cada acto, cada elección, estuvieses condenado a repetirla una y otra vez hasta la eternidad. Es muy útil aplicar esta idea en la vida diaria no sólo en grandes decisiones sino también en las pequeñas. Es útil pero difícil, claro, pero hay una fórmula para no verte en la tesitura de tener que elegir menos y es elegir menos. Precisamente porque optar por el camino antinatural es optar por el camino racional estoy aquí, justo en este momento en el que la vida me pide que la dote de sentido, de metas, de orden, para estar bien el tiempo que toque.

Tres o cuatro cosas

«Nunca confié en la fortuna, hasta cuando parecía que ajustaba paces conmigo. Todos los favores con que me colmaba, riquezas, honores, gloria, los he colocado en un paraje donde pudiese ella recobrarlos sin conmoverme.»

Séneca

No soy rico ni mucho menos. Tengo un trabajo cuya estabilidad está condicionada por los tiempos que corren. La misma mañana que me ingresan la nómina yo hago una transferencia de dinero a una cuenta común que comparto con mi mujer. Quedan en mi cuenta apenas cien euros de los cuales cuarenta me sirven para pagar el nutricionista que me está ayudando a aprender a comer mejor. Los sesenta euros restantes los administro durante el mes en desayunar y los cada vez menos libros que me permito comprar. El grueso del dinero que gano se va a pagar a casa, la luz, la comida, y las compras familiares del día a día…

Estos días he leído ya varias veces que viene otra crisis, aun más dura que la primera de la que creo que no nos hemos recuperado. Se “atormenta una vecina” como decía aquel. Lo hablé con un compañero de trabajo. Puede ser que otro zurriagazo como el que estamos pasando nos haga definitivamente cambiar cosas. No puede ser que después de estos años (¿cuatro, seis?) todo siga igual y la gente siga con la misma mentalidad acaparadora en la que tener un coche, una casa, da una apariencia de estabilidad que en realidad es una burbuja a punto de estallar porque todo es cíclico, hasta los estallidos de las burbujas.

El otro día dije en twitter que era corredor. En realidad no sé si haber empezado a correr esa misma mañana me convertía en corredor. Yo pienso que estoy, estaba, más cerca de serlo que de no serlo porque el primer requisito para llegar a ser algo es decirte a ti mismo que ya lo eres. Llevo dos semanas levantándome a las cinco de la mañana los lunes, miércoles y viernes para salir a andar/correr. Todavía ando más que corro. Me calzo unas zapatillas viejas que tienen un agujero en la puntera. Me abrigo todo lo que puedo y pateo treinta y cinco minutos calles desiertas. Cuando suena el despertador pienso ¿por qué? Cuando empiezan a  dolerme las piernas pienso ¿por qué? Ahora que son casi las nueve de la noche y me muero de sueño pienso ¿por qué? Uno todos esos porqués y tengo la vida.

Tener menos cosas te hace sentir desabrigado. Estás más expuesto a deprimirte porque no tienes el consuelo, el placebo, de la “cosa” que te hace sentir bien falsamente. Pero esa tristeza, ese frío, es tu naturaleza, es lo que eres.

Decálogo de la sencillez

Hay muchas lecturas que me han ido atrayendo hasta el complejo camino de lo sencillo. Una de las más importantes, sin duda, es este decálogo de Eugenio d´Ors. Buscad un poco (o mejor no) y encontraréis su nombre en los periódicos de estos días por absurdas mojigaterías académicas y políticas.

Este maravilloso decálogo se publicó en el diario ABC en diciembre de 1924. (Las negritas son mías, perdonad que señale las partes que más me emocionan)

 

He aquí, puestas en diez partes, a manera de los Mandamientos, las principales reglas del arte de ser sencillo.
I
El primer mandamiento de la Sencillez es el Diálogo. Cualquier silencio prolongado se vuelve orgulloso o bien estúpido; es decir, acaba por situarse por encima o por debajo de la sencillez. Yerra el estoico cuando, para llamarse sencillo, se envuelve en su manto de altanería. Como yerran el franciscano extremoso o el eslavo nihilista, al confundir simpleza con simplicidad… Pero el Diálogo mantiene siempre a flote nuestra conducta, con la continuada disciplina del contraste.
Todo monólogo es, por naturaleza, descabellado. Gracias al diálogo, el alma de otros penetra intersticialmente en la nuestra; así el peine, en el remolino de la cabellera en desorden. Penetra y, con desenmarañarla, la adecenta.
II
El segundo mandamiento de la Sencillez es la Risa. Purga la risa a la mente, y tal vez al cuerpo, de hinchazones y de tiesuras. Ablanda aquella rigidez, que anunciaba una inminente mineralización. Y, como de lo que se trata es de huir del Mineral —lo más complicado, si bien se mira— y de acercarse al Ángel —si bien se mira, lo más sencillo—, cuanto aligere nuestro ser y lo propicie al vuelo debe ser mirado y buscado como un favor divino.
Conviene decir, por añadidura, que risa acrecienta discreción. Afirmaba un estadista español muy ingenioso que todos los hombres nacen con la misma cantidad de broma en el cuerpo. Pero, si los unos la sacan a fuera y aplican a placenteros asuntos, ingrávidos y apacibles, y éstos son los sanos y normales, otros se la guardan y, a su pesar, la broma se les filtra a cosas que debieran ser íntegramente serias. Y que, de estos últimos, hay que huir.
¡Gloria a la risa que descabalga! Este señor se daba tono. Andaba a caballo a nuestra vera… Pero, ya se rió. Ya se ha desmontado. Ahora andará honradamente a pie el resto del camino.
III
A pie, a pie conviene ir. En todo. En los paseos, en los oficios, en el amor, en el estudio. En el estudio, sobre todo. Único modo de evitar que el saber, con envanecer, desvanezca.
Euclides, según la leyenda, presentaba un día a Tolomeo Sotero el rollo o volumen que contenía sus “Elementos” inmortales. “¿No hay —preguntaba el Monarca, tras de pasar los ojos, bastante abrumados, por la cadena de principios y demostraciones (¡tan clara y económica, sin embargo, tan bien ordenada y sencilla!)—, no hay un camino menos fatigoso para aprender la geometría?” “No, poderoso señor —contestaba el sabio—; no hay, en matemáticas, carretera real”.
IV
Entre dos explicaciones, elige la más clara. Entre dos formas, la más elemental. Entre dos palabras, la más breve.
V
Nada de robinsonear. No estamos en una isla desierta, sino en una ciudad —dentro de otra ciudad, que es la Cultura —dentro de otra, a su vez, que es la Historia.
Levantamos los párpados y vemos inmediatamente compañía. Tendemos el meñique y tocamos colaboración. Abrimos la boca y respiramos tradición.
VI
Te apoyarás en tus prejuicios, como en el primer peldaño de una escalera. Acaso más tarde descanses en ellos, como en un alto belvedere. Joubert escribió: “Mis descubrimientos (y cada cual realiza los suyos), me han devuelto a mis prejuicios”.
Sólo a precio de no querer empezar, podrás librarte de seguir. Mucho se ha hablado contra los rebaños de carneros. Pero, ¡qué decir de las desbandadas de carneros!
¿Y qué ganarás, si eres carnero, con ser carnero original? No habrá para ti más originalidad posible que la miserable de tener cinco patas.
VII
La miseria siempre es patética, contorsionada, sobrecargada… No seas miserable.
Pero, no seas tampoco demasiado rico. Antes pasará un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre las columnas dóricas que sostienen el templo de la Sencillez.
Hay que evitar, sobre todo, el “prosperar”,por lo menos, el prosperar demasiado deprisa. Hacienda limitada, heredada y quieta es la más apta para llegar a la maestría en el arte de ser sencillo. Prospera, si acaso, de tal modo, que el auge de tus disposiciones preceda, en armonía casi ajustada, al incremento de tus necesidades. Ni respecto a lo que ayer eras, conviene que hoy puedas llamarte “nuevo rico”. Sólo a fuerza de años en una posición te moverás dentro de ella con cierto desembarazo.
Y, luego, que tu trabajo sea púdico. Sudar una fatiga en público significa siempre un acto de cinismo.
VIII
Ne quid nimis. La exquisita sobriedad en todo.
Ni de la nobleza conviene abusar. No seas demasiado antiguo. Remontarse al siglo xv, ¡qué bien! A las Cruzadas, tanto mejor. Pero, si eres antediluviano, siempre tendrás algo de mastodonte.
Lo mismo cabe decir de otras complicaciones. Un triángulo, un cuadrado, cosa perfecta. Un pentágono está muy bien. Un hexágono, pase aún. Pero, lo mejor que se puede hacer, cuando uno empieza a volverse dodecágono, es inscribirse en un círculo.
Y, lo peor, perder la cabeza. Pero también resulta bastante malo perder pie.
IX
El noveno mandamiento de la Sencillez ordena no abusar de la llamada “vida interior”. No está el daño en tener una vida interior. El daño está en sentirla. El pecado, en cultivarla.
Quita, quita, vida interior. Siempre te quedará demasiada. ¿No ves lo que ocurre con la salud del cuerpo? Quien ve perfectamente no siente el existir de sus ojos, no se acuerda de ellos. El hombre perfectamente sano no sabría, sino por referencia, que tiene pulmones, hígado o corazón.
Así, en lo espiritual, alma perfectamente sana sería, la que, al sobrevenir la hora de la muerte y dejar el cuerpo, se quedase completamente sorprendida, al ver que era inmortal.
X
Haz por llegar a viejo, candidato a la Sencillez. La Sencillez acabada exige tiempo, para estar de vuelta de muchas complicaciones.

 

Sin título 1

«Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido…».

He recordado la cita de una película fantástica de Woody Allen, Otra mujer. Llevo dándole vueltas todo el día vinculándola con lo que a mí me parece la gran paradoja del minimalismo, y es que tanta importancia le da a las cosas el que quiere acapararlas a toda costa, como el que quiere deshacerse de ellas. Al desprenderte de las cosas, al concentrarte en la desposesión, de alguna manera estás poniendo esas cosas (o no-cosas) en el centro de tu pensamiento. El concepto minimalismo hace demasiado hincapié en la “cosa en sí”, lo superfluo, y no tanto en la parte positiva que se trata de alcanzar. Tener pocas cosas no es bueno ni malo en sí mismo. Lo bueno es el proceso o camino de introspección por el que transita uno a sí mismo dándose cuenta de que las cosas efectivamente no tienen importancia.

Con esto quiero decir que yo pienso que puede haber, y quizás haya, un minimalista que tenga muchas cosas a su alrededor. Que conviva con esas cosas y que sepa darle a las cosas el valor que estrictamente tienen. Un minimalista que sea esencialista, que sepa sacar el jugo de lo poco o mucho que tiene porque la cantidad de cosas no puede ni debe ser un valor cuantificable para lo que se trata aquí. Y por otra parte, pienso también en un minimalismo estético, arquitectónico, que es pose; que efectivamente juega con la escasez de elementos decorativos pero desde una posición frívola que poco tiene que ver con el minimalismo tal y como lo entendemos.

Entonces, desde un minimalismo hondo y reflexivo, también podríamos poner el énfasis en tener. Tener con pasión, tener con conciencia y voluntad. Rosebud es algo que vale la pena tener, ese objeto da sentido a la vida entera de un hombre, de un personaje que, al final de su vida, aferrándose a ese objeto que conserva desde su niñez, nos da una lección minimalista.